Desde el Escritorio del Padre Gustavo

6 de Abril de 2025
En la historia de la mujer adúltera escuchamos esta frase “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que tire la primera piedra”. Jesús en lugar de caer en la trampa que le tenían los escribas y fariseos solo se inclina y escribe algo con el dedo en la arena. Le concede el perdón a la mujer y le dice no peques más. Esta es la escena de la mujer adúltera perdonada. El pecado del que acusan a esta mujer, Dios lo ha perdonado. Vemos como trabaja la misericordia de Dios. Dice San Agustín “quedaron la misericordia y la miseria”.
La miseria humana y la misericordia divina tienen un fugaz encuentro. Esta mujer recibió la mejor mirada de misericordia que limpia y renueva todo su ser con la total confianza de ser una hija de Dios. Como cristianos debemos anteponer la misericordia al juicio y en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de la Misericordia. Recordemos siempre que Jesús es el cordero de Dios que quita todos los pecados del mundo. Jesús a través de los sacerdotes, sigue diciendo “yo te absuelvo de tus pecados” en este momento entra el canal de la misericordia, Es el mismo Cristo que sigue perdonando a un pecador arrepentido en un confesionario.
Todo pecado es borrado por la misericordia de Dios. San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Reconciliación y Penitencia, define el sacramento de la penitencia como: Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al mismo penitente como “misericordia más fuerte que la culpa y la ofensa”, según la definí en la Encíclica Dives in misericordia. Dios es siempre el principal ofendido por el pecado, y sólo Dios puede perdonar. Por esto la absolución que el Sacerdote, ministro del perdón, aunque él mismo sea pecador concede al penitente, es el signo eficaz de la intervención del Padre en cada absolución y de la “resurrección” tras la “muerte espiritual”, que se renueva cada vez que se celebra el Sacramento de la Penitencia.
Solamente la fe puede asegurar que en aquel momento todo pecado es perdonado y borrado por la misteriosa intervención del Salvador. San Pablo a los Filipenses escribe “Por causa de Cristo lo he perdido todo y lo considero basura a cambio de ganarlo a El y encontrarme unido a El”. Lo que si hago es olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por alcanzar lo que está delante. Él lo dejo todo por Cristo y no se arrepiente. Y una de las consignas del apóstol Pablo era trabajar en hacerse semejante a Cristo en su muerte. Por lo tanto, ya se acerca la pascua en la que todos juntos caminamos hacia el cambio y la renovación a una vida nueva en Cristo después de su muerte y resurrección.